El diario “Perfil” institucionalizó, en febrero de 2013, una columna a cargo del  editor jefe de ese medio, Julio Petrarca, invistiéndolo del rol  de Defensor de los Lectores. Como consumidor de día domingo de Perfil, tengo por rutina acercarme a dicha columna, a veces para coincidir y otras para disentir, aportando a lo que – supongo – es el verdadero objetivo de la columna: generar la gimnasia crítica de los lectores. Así, la columna de Julio Petrarca del día 18 de septiembre pasado me llamó a una profunda reflexión. Titulada “Riesgoso encanto de lo aparente”, se inspiró en el espectacular  ( espectacularizado) episodio de la estatua del dragón en el jardín de la casa del ex funcionario bonaerense Walter Carbone, que inundó las primeras planas de los medios de comunicación en esos días calificado (cediendo ante el “riesgoso encanto”), sin más, como un nuevo e insólito caso de corrupción.

El hecho llevó al Defensor a referirse a “ … estos tiempos en los que un cúmulo de seductoras apariencias moviliza fuerzas periodísticas seguramente excesivas, motorizadas más por la búsqueda del impacto inmediato que por la obligada búsqueda de la verdad o, al menos, de informaciones verosímiles que no lleven a la opinión pública a caer en el error o en la confusión”. En principio, el párrafo me pareció una sensata reflexión proveniente de alguien que se mueve, precisamente, en el ámbito al que alude; y, asimismo, una muestra de independencia de criterio en su evaluación de “los medios”; al menos, al no excluir de la conducta que critica al propio diario Perfil. Es cierto que esa muestra de independencia cuenta con un antecedente: recientemente, criticó al Ceo del diario, Jorge Fontevecchia, quien, en un reportaje al Presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, Dr. Ricardo Lorenzetti, había tergiversado alguna expresión del magistrado, quien, incluso, se vio obligado a hacer la consiguiente aclaración. En esa oportunidad, Petrarca no sólo censuró el error, sino también la omisión del pedido de disculpa por parte de “su jefe”,  Fontevecchia.

Valen la pena las referencias si tenemos en cuenta que, más allá de la independencia de criterios señalada, no debe soslayarse que el medio de referencia se ha caracterizado por una cerrada crítica al gobierno kirchnerista;  no se sospecha que esté editado  por la Cámpora, ni por Isis, ni por el gobierno venezolano.  

En la citada columna, sin perjuicio de marcar diferencias entre el hecho del dragón con los millones de  “la Rosadita” y los bolsones de José López, se permite señalar, en todos los casos, las diferencias sustanciales que existen entre las “denuncias” mediáticas (por espectaculares que ellas sean) y las sentencias judiciales, alertando : “Para los periodistas, la seducción de una nota de impacto conlleva el riesgo de meter la pata o de verse obligados, en el futuro, a confesar errores motivados por la apariencias”. Lo que podría entenderse como un aviso para los propios colegas, “por si las moscas”.

Luego de ejemplificar con un par de “papelones” (uno nacional y otro extranjero) de actos fallidos de medios de comunicación, concluye con unas líneas que, si hubieran provenido de la pluma de Aníbal Fernández o Juan Cabandié, hubieran merecido el escarnio público y el pedido de ejecución en la Plaza de Mayo: “Por ahora, son más las apariencias que las verdades lo que llega aquí de la mano de jueces, fiscales, ministros, policías, dirigentes políticos y sociales. Los periodistas no debemos bajar la guardia ni dejar pasar gatos por aparentes liebres.” (sic) Tal vez, lo único que podría señalársele a Petrarca – y  más que probable que él no desconozca – es que, muchas veces,  algunos de sus colegas, más que bajar la guardia, son, precisamente, los encargados de “proveer los gatos”; partícipes necesarios  ( si no artífices) del montaje de la escena. De todas formas: ¡ bien por Petrarca !

Ahora bien, relacionado con el tema, aún cuando desde otro ámbito, con otros protagonistas, con otras responsabilidades … y, por cierto, con otras repercusiones, invito a los lectores a imaginar algún punto de contacto entre lo expuesto y el reciente fallo de la Sala I de la Cámara Federal por el que se resuelve rechazar el pedido de reapertura de la causa Nisman, en la que el fallecido fiscal imputara (entre otros) a la ex Presidenta Fernández de Kirchner, el supuesto delito de encubrimiento en la firma del memorandum con Irán por la causa de la voladura de la Amia.

Supongo que seré dispensado por no abundar en las fundamentaciones del fallo suscripto por los camaristas Jorge Ballestero y Eduardo Freiler, en tanto han sido sobradamente expuestas en todos los medios. Pero, sí, quiero resaltar algunos de los considerandos , que no sólo invalidan las argumentaciones del pedido de reapertura en razón de su inconsistencia jurídica, sino que hacen expresa referencia a las motivaciones extrajurídicas que lo han animado, alertando, asimismo,  sobre los riesgos que de ello derivan para la seguridad jurídica.

Sostiene el fallo que en el pedido de reapertura que rechaza “ … se pone el acento en las fronteras del caso, en lugar de concentrarse en la búsqueda del castigo de los responsables del máximo atentado terrorista del que nuestro país tenga memoria”.  Añade Ballestero: “ … veo que se asiste a un panorama de disputas satelitales, donde se cuestionan los motivos de tal o cual decisión política o judicial “

Para los camaristas, el fiscal Moldes (a quien critican su “ … obstinación de intentar por más de una vía el éxito de una pretensión fracasada.. “) en lugar de aportar pruebas que habiliten la reapertura de la causa, “ … se fue por las ramas … “, “ … mostró desprecio por las formas sustanciales cuyo respeto paradójicamente demanda, a punto tal de pretender que la “apuesta” podría redoblarse reemplazando la imputación de encubrimiento por la de ¡¡ Traición a la Patria ¡!!

Al respecto, Freisler advierte sobre “ … un intento de sustraer la pesquisa de manos de su Juez natural, en el afán de que, con un magistrado diferente, la denuncia tenga otra suerte”. No hace falta ser  Sherlok Holmes  para concluir en que el magistrado “diferente” no es otro que Jorge Bonadio.

No está de más recordar el reciente “apriete” de la solicitada previa al fallo,  pidiendo la remoción del Juez Rafecas que, por elevación,  pretendía llegar a la Cámara que debía decidir el pedido de reapertura de la causa.

Concluyo. La noticia sobre el fallo de la Cámara aparece hoy en las primeras planas de los diarios Clarín, Perfil  y La Nación sólo a través de declaraciones del fiscal Moldes. En las de los primeros, el fiscal arenga: “Hay que desratizar al Poder Judicial”. En el diario de los Mitre, el que parece ser “el protagonista” del caso alerta sobre “milicias de impunidad del kirchnerismo”.  En las tres publicaciones la noticia es encabezada por los dichos del fiscal; ninguna referencia a los fundamentos de los camaristas. En el preciso momento en que estamos cerrando esta nota, en la pantalla de TN, la única mención  al aire del canal del grupo Clarín sobre el tema es la entrevista …  al fiscal Germán Moldes.

Hemos expresado en ACONTRAMANO, reiteradamente, la necesidad de que los hechos ilícitos (y especialmente los de corrupción) sean juzgados con todo el rigor impuesto por la ley, sea quien fuere el imputado. Dicho rigor impone, obviamente, el respeto al principio del debido proceso que establece nuestra Constitución Nacional. Y en su cumplimiento (como, por otra parte, lo impone el mínimo sentido común) la sentencia llega al final de la causa y no al comienzo. No existe razón jurídica alguna que justifique la promoción de una causa con la sentencia ya preestablecida por su “ventilación” promocionada en otros ámbitos. Ningún juez  puede tener por objeto final  “ver preso” a nadie sino llegar a la verdad. Y la búsqueda de esa verdad debiera ser objetivo común de los magistrados y de todos los ciudadanos, más allá de explosiones mediáticas, panelistas  vociferantes u opinólogos de moda, “seducidos” por el encanto de la apariencia, ya sea por arraigada convicción o tentadora remuneración.

De lo contrario, poniendo “el caballo detrás del carro”, seguiremos consumiendo gato por liebre. O, peor aún, acostumbrando nuestro paladar a su gusto.

Carlos Molina

Manuelita Rosas (La Restauradora)