La historia del Movimiento Peronista nos demuestra que su estrategia de construcción de poder  siempre ha tenido como herramientas la amplitud de convocatoria y la integración. El Gral. Perón sostenía que la conducción política procura el alineamiento de voluntades, no de pensamientos. Esto implica llegar a la mayor cantidad de individuos, con la finalidad de convocarlos para  la empresa común, persuadidos de que es en esas filas en donde encontrarán respuestas adecuadas a sus intereses. Es una convocatoria que no pretende la resignación del pensamiento, sino que busca su conjunción con el objetivo final del justicialismo, que es revolucionario, puesto que pretende la transformación de una democracia liberal burguesa y dependiente en una Comunidad Organizada , integrada e independiente. Su sujeto colectivo es el Pueblo y su destino estratégico se funde en el concepto de Patria, que se extiende a  la Patria Grande Sudamericana. Por esa razón, siendo naturalmente opuesta al proyecto oligárquico imperial, su propuesta a la integración de todos los sectores populares deja a aquel proyecto en situación de autoexclusión; son los intereses minoritarios y exclusivos quienes, también naturalmente, se aislarán y complotarán en defensa de sus privilegios. Esta referencia central a la integración, a su vez, marca los modos, las formas y los tiempos de la marcha del proceso; indispensable, para poder avanzar con la mayor cohesión posible de los sectores que lo impulsan y protagonizan:  a mayor cohesión corresponderá mayor seguridad de la marcha.

Llevando el tema a aplicaciones prácticas, en la historia del  Movimiento Justicialista y  las diferentes instancias electorales en que le tocó poner a prueba su estrategia, extraeremos como una constante la conformación de frentes electorales que no han sido otra cosa que la expresión, ante las urnas, del resultado de la convocatoria a los diversos sectores políticos, sociales, sindicales, etc. La observación y el análisis de estas distintas experiencias nos permiten obtener una conclusión que ratifica lo expuesto precedentemente. Cuando el Justicialismo tuvo éxito en la integración de los distintos sectores convocados, con  su consecuente traducción en la propuesta electoral, accedió al gobierno. Cuando no pudo hacerlo, fue derrotado. Cuando el éxito inicial no pudo ser mantenido en el curso de una gestión de gobierno, terminó desalojado del poder. Y, repito, esto es verificable desde 1946 hasta 2015. Pasando por 1983 ¿ Y qué, de ahora en adelante ?

Bien vale aquí formular algunas aclaraciones. Descarto, “desde el vamos”, sumergirme en la discusión acerca de si el kirchnerismo es igual, mejor o peor  que el peronismo. El mero intento de comparación de gestiones separadas por más de siete décadas en cuyo transcurso se produjeron hechos como la ruptura de la bipolaridad, la revolución informática, la aparición de la temática del medio ambiente, entre otras “minucias” – y su incidencia en las modificaciones registradas en la sociedad argentina; y las propias de ésta – tornan inútil  imaginar, siquiera, la tarea. Sí, en cambio, podría afirmarse que es imposible explicar el nacimiento del kirchnerismo sino desde el seno de la memoria histórica del peronismo. Y ratificar que ningún otro proyecto de gobierno desde 1974 intentó retomar y llevar a la práctica los principios del peronismo.  Existe en todo ello un hilo conductor. El protagonismo popular que convocó a los mismos sectores políticos y sociales que históricamente se expresaron a través del peronismo, exime de todo devaneo intelectual. El Frente se conformó nuevamente y las elecciones de 2003, 2007 y 2011 y sus resultados no dejan lugar a dudas. No existió (como parecieran pretender algunos) un peronismo por cuerda separada, “en el exilio” compitiendo desde el llano durante 12 años. Si el peronismo es expresión de los sectores mayoritarios, no hay lugar para “dos mayorías”; e imaginarlo reducido a círculos reservados “de los entendidos” constituye la contradicción más flagrante a la idea de un movimiento popular.

Lo antedicho impone, a cada peronista, tomar el toro por las astas y asumir la responsabilidad de cargar con aciertos y errores sin “beneficio de inventario”.  

Octubre de 2013 significó la primera advertencia de resquebrajamiento del frente político y social que, tan sólo 2 años atrás había permitido el contundente triunfo por medio de más del 54% de los votos, más que triplicando el número del segundo candidato. ¡ El Frente para la Victoria perdió en 2 años 4.500.000 votos ¡ Nada indica que, en los dos años subsiguientes, se haya trabajado adecuadamente para recuperarlos. Diría, más bien, que se replicó la apuesta para descalificarlos. Y a esto debe sumarse, ya en plena ejecución de la estrategia electoral del 2015, errores estratégicos que favorecieron la derrota en puntos vitales del mapa electoral. La intransigencia absoluta con el peronismo cordobés, la falta de apoyo nacional firme al principal referente peronista santafecino, Omar Perotti, la negativa a conformar una sola lista en Mendoza y la consabida insistencia en presentar una fórmula perdedora en Buenos Aires, entre otras, generaron un abrumador 70 a 30 en la Docta, abortar la posibilidad de un gobernador en Santa Fe, carecer de una oposición unificada en Mendoza, y ser derrotado en la provincia peronista por excelencia. Y, como corolario y resultante, perder la presidencia de la Nación. Sin esto, otro gallo podría haber cantado.

Ahora bien, en 2017 votaremos nuevamente. Y aquí se abren dos interrogantes que tendrán su propio curso de acción, aún cuando, eventualmente, puedan confluir en un futuro no muy lejano.

1) El gobierno de Cambiemos ha puesto en práctica una política depredadora, que ha dejado absolutamente al descubierto su objetivo de desguazar toda construcción del campo nacional y popular para llevar a la Argentina al escenario más propenso para los sectores privilegiados de la economía y las finanzas, nacionales e internacionales. Desde el campo popular, en consecuencia, es objetivo táctico ineludible poner un férreo freno a la prosecución de ese avance, con los mejores instrumentos con que cuenta. No gobierna el adversario; su pensamiento, composición, historia y objetivos permiten denominarlo, sin eufemismo: el enemigo. Por lo tanto detenerse en preciosismos, pulcritudes de elite, sentimientos arraigados (por valiosos que sean – y lo son-) no hacen más que desviarnos de aquel objetivo táctico: triunfar en octubre.

Nadie, sensatamente, podría dudar que la figura política en mejores condiciones para intentarlo es Cristina Kirchner. Creo que, aún quienes no se encolumnan detrás de ella, también lo saben. También saben (es demasiado evidente) que a partir de la muerte del Gral. Perón, lo que algunos definen como el peronismo “histórico”, “doctrinario”, “ortodoxo” o como quiera llamárselo, no ha generado desde su seno un liderazgo en condiciones de levantar “el bastón de mariscal” para retomar la marcha hacia el logro de los objetivos estratégicos. Si a esto debiéramos sumarle que, desde su perspectiva, tampoco lo habrían hecho Néstor y Cristina, debiéramos concluir en que, durante 43 años, el peronismo ha estado absolutamente ausente del escenario de la política nacional; y que “apareció” en el 2003 una corriente mayoritaria que, sin tener nada que ver con el peronismo, se adueño del favor popular. Personalmente, rechazo categóricamente cualquier pretensión en tal sentido. Y, en un diálogo respetuoso, franco, leal, sin chicanas ni descalificaciones, comenzaría por preguntar: ¿ qué debiéramos proponerle al “histórico” pueblo peronista ante las elecciones de octubre ? ¿ que “banque” el avasallamiento de sus derechos hasta que, en el mejor de los casos, dentro de un tiempo, con suerte, aparezca un líder “puro, doctrinario” que devuelva el prestigio al partido, al sello y a la boleta ? NO. Lo táctico no da tregua, lo marca la elección de octubre. Y ante ella, la consigna debe ser poner en la urna lo que mejor nos permita imaginar un triunfo.

2) Otra cosa es lo estratégico. Y en cuanto a esto, la consigna del Movimiento Nacional y Popular, en modo alguno, debiera ser volver a 2015. La conducción estratégica deberá estar dotada, principalmente, de capacidad de ver y escuchar. Volviendo a Perón: alinear voluntades, no pensamientos. Los discursos en el Patio de las Palmeras enardecen, pero no garantizan triunfos; ¿ Hacen falta pruebas ? No basta con el cotejo entre lo que tuvimos y no tenemos hoy. No es que sea antagónico, pero no basta. Es hoy demasiado evidente la diferencia. Pero hace falta elaborar la propuesta no ya para la mitad de la sociedad que antes de diciembre de 2015 sabía que esto sucedería, sino para el que necesitó creer otra cosa, para el que dudó, para el que no se persuadió de que le tocaría también a él, para el que lo descubrió después, para el que, sin suscribir todo lo hecho en 12 años, alcanza hoy a distinguir la validez del rumbo, sin por ello dejar de señalar los errores. Y hace falta una conducción estratégica con capacidad de entender y contener a todos ellos. Los rótulos vendrán después. Pero, insisto, la bandera de volver al 2015 no sirve: el 2015 fue el año de la derrota.

El 25 de junio pasado quedaron abiertos los dos andariveles: el táctico hacia octubre y el estratégico hacia 2019. Pueden llegar a ser uno mismo. Pero, hoy, el táctico requiere ganar por knock out; el estratégico, prepararse para el título. Y una advertencia: un knock out en contra, nos puede dejar fuera de carrera por mucho tiempo.

CARLOS MOLINA