Hemos recordado, en una nota anterior, la primera declaración de independencia de las Provincias del  Río de la Plata por parte del Congreso de Oriente, el 29 de junio de 1815, en la que, por convocatoria de José Gervasio Artigas, los representantes de la Banda Oriental, Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba se pronunciaban emancipadas de la Corona española y de todo otro poder externo. Reseñábamos allí  los hechos que tenían por escenario al Río de la Plata a partir de la asunción de la Primera  Junta de Gobierno, en mayo de 1810 y, especialmente, la aparición de dos proyectos que se insinuaban como irreductiblemente antagónicos, cuya diferencia esencial radicaba en la pretensión de la ciudad puerto de Buenos Aires de constituirse en la cabeza estratégica del proceso emancipatorio, enfrentado con el del resto de las provincias que sostenían que el rumbo y la conducción de dicho proceso debía surgir del concurso respetuoso de los intereses de todo el pueblo de las Provincias que integraran el Virreinato del Río de la Plata, en un plano de absoluta paridad.

Señalamos, también, como la convocatoria a la Asamblea del año XIII, que anunciaba como objetivos  la Declaración de la Independencia y la sanción de una Constitución,  implicó, por parte de Buenos Aires , un pie en el acelerador hacia la consolidación de su proyecto hegemónico. Buen ejemplo de ello fue el rechazo a la admisión de los representantes de “los Pueblos Libres” del litoral conducidos por Artigas, cuyas propuestas eran categóricas en cuanto a la declaración de la independencia, la conformación de una Confederación con un poder central coexistente con los elegidos por cada una de las provincias y con pleno respeto de sus autonomías, a lo que se agregaba, con carácter sine qua non, la instalación de la Capital fuera del territorio de Buenos Aires.

Fracasados los intentos independentistas y constituyentes de la Asamblea, y ambiguas las convicciones y decisiones del gobierno porteño (debatiéndose en su seno fluctuaciones entre avanzar en el proceso independentista o pactar con España o con Portugal)  es Artigas quien toma la iniciativa convocando al citado Congreso de Oriente de 1815, con los resultados ya expuestos.

Es clara la intención de Artigas de que la Declaración de Independencia de 1815, muy lejos de implicar un rumbo independiente y autónomo del de las restantes provincias, apuntaba a convertirse en un disparador que operara como fuerza centrípeta atrayéndolas hacia el expuesto proyecto de un Estado federativo. Lo prueba categóricamente la nota que remite el 30 de junio de 1815 (un día después de la declaración de independencia) al Cabildo de Montevideo, en la que da cuenta a sus autoridades del acto producido e informa que enviará  4 diputados a Buenos Aires, munidos  de todas las credenciales correspondientes y la documentación emanada del Congreso, con la intención de  integrar a dicha Provincia en la formalización del acto de independencia.

Lo cierto es que Buenos Aires, sin considerar siquiera tal propuesta,  convoca a las provincias para marzo de 1816 a la realización de un Congreso en Tucumán (fuera de Buenos Aires) decidido a afrontar la tarea adeudada desde 1813 y a declarar, finalmente,  la independencia. Por cierto, el marco externo no podía ser más desalentador. Napoleón había sido derrotado en Waterloo, la Santa Alianza inspiraba a las monarquías europeas a  volver por sus fueros, España reponía en el trono a Fernando VII y las tropas que fueran dispuestas para el combate contra el Emperador francés, ya sin contrincante, estaban listas para encarar la lucha por la recuperación de sus colonias americanas. La “máscara de Fernando” caía de los rostros de los patriotas sudamericanos y, sin espacio para las ambigüedades, llegaba la hora del sinceramiento frente a Su Majestad: con él o contra él. Belgrano lo expresaba con crudeza en el seno del Congreso: declaremos nuestra independencia porque peor no podemos estar.

Independientemente de que en el Congreso convivían todo tipo de posturas: monárquicas, republicanas, centralistas, respetuosas de las autonomías provinciales, etc., el temor al fracaso de la Revolución operaba como un elemento de cohesión. Claro está que algunas de las propuestas, vistas hoy a la distancia pueden resultar inexplicables. Desde los que impulsaban el “protectorado” de otra monarquía europea y que, por ello, se negaban a que la declaración de independencia fuera categórica respecto a “todo otro poder” (lo que, por otra parte, fue motivo de retraso a la decisión final) hasta la sugerencia de Belgrano de instaurar (ya que “la mano” venía de monarquías)  un rey inca, heredero del poder originario precolombino. Y, desde “afuera”, las presiones de San Martín y Güemes para que el Congreso, obviando pormenores, cumpliera con su misión.

Lo cierto es que, poniendo el pecho ante una situación externa desfavorable, la decisión que sobrevoló estas diferencias y aglutinó la voluntad de los diputados fue la de la efectiva declaración de la independencia. Este hecho, sumado al de un año atrás protagonizado por “los Pueblos Libres” del litoral, redondean la voluntad independentista de una nación, aún no definitivamente conformada jurídica e institucionalmente como tal, pero decidida a afrontar su destino con autodeterminación. La bandera de Belgrano ya definitivamente identificará a todos los argentinos, San Martín ya no será el comandante de una tropa insurgente,  Güemes será el defensor de la frontera de un espacio territorial independiente. Todas las provincias de lo que fuera (sí, fuera en el pasado) el Virreinato del Río de la Plata – ya sin algunas, como Paraguay, pero todavía con algunas del Alto Perú – así lo habían decidido.

Esto es lo que recordamos hoy los argentinos, 200 años después. Esta es nuestra historia, nuestro patrimonio. Mucho transitamos a partir de allí hasta conformar institucionalmente, una Nación, en 1853. Pero ese tránsito es nuestra historia; de allí venimos, es imposible negarlo, ignorarlo. ¿ Por qué debiéramos hacerlo ?

La impronta adoptada por el gobierno nacional ha sido, sin embargo, otra: omitir la referencia al pasado, pretendiendo reemplazarla por una abstracta apelación “al futuro”. Como si la historia comenzara hoy. Con la justificación de que la apelación al pasado “divide”. Con el argumento de que hablar de nuestra historia “complica”, distorsiona, interfiere y contrasta con una  concepción de la política que supone poder desentenderse de todo aquello que no sea la técnica de la gestión. Con ello, el recuerdo, el  festejo y el homenaje se acotan al acto formal mismo, al acta de la independencia, totalmente descontextualizado del marco histórico que le dio lugar.

Pero esto es el macrismo. El fondo y la forma confluyen en función de una misma interpretación. ¿ Por qué el macrismo aísla el acto formal de la independencia de sus circunstancias  históricas ? Porque, de lo contrario se ve obligado (aún superficialmente) a explicarlo, a empaparse en ellas, a “ensuciarse” en una opinión sobre las contingencias de la política de aquellos tiempos. Y el macrismo no opina. Prefiere circunscribirse a lo ocurrido ese martes 9 de julio de 1816, fotografiándolo en el preciso instante en que los congresales emiten el emblemático “ Si, juro”, sin ir más allá de las paredes de la Casa (a partir de allí) Histórica. Se lo rescata como hecho formal, jurídico, por ende ahistórico, ya que lo que lo convertiría en histórico sería, precisamente, su inserción en las circunstancias que lo generaron. Y eso es lo que se busca ignorar, para así justificar que el 9 de julio constituye un punto de encuentro (que, por cierto, lo es) sin adentrarse en lo que llevó a él. Los congresales se encontraron, pero, ¿ de dónde venían ? Ningunear el tema lo esteriliza en su verdadera significación histórica, y, paradógicamente, lo deteriora, puesto que sólo conociendo las distintas posiciones que se agitaban en el seno del Congreso es que pueden valorarse los esfuerzos, las perseverancias, las rectificaciones, las resignaciones que fueran necesarias para confluir en el resultado final. Para así, de esta ficción sin historia, arrancar del acuerdo (como el agua: incoloro, inodoro e insípido)  como valor en sí mismo, y proyectarlo “para los próximos cien años”, sin tomarse el trabajo de decirles a los argentinos hacia dónde marchamos.

Adviértase que Macri, a diferencia de la historiografía oficial, ni necesita  exhibirse mitrista. Se pone por encima de la interpretación de la historia. Simplemente, la ignora.

Decimos los abogados que lo accesorio sigue la suerte de lo principal. La visión del hecho que se recuerda se traslada a las formalidades del  festejo.

Y así, desentenderse del significado histórico de la celebración significa que, por ejemplo, sea el rey de España quien ocupe un rol central entre los invitados, lo que no sería tan dramático si no fuera complementado con la ausencia de todos los otros gobernantes sudamericanos de las provincias que componían el Virreinato del Río de la Plata en 1816, puesto que Chile (Bachelet) nunca lo integró y Paraguay (Cartes) ya no lo integraba. La excusa: que la participación de otros gobernantes de la región podría ser factor de controversias. Mmmmm … se percibe un tufillo a Pacífico, a desaliento a la unión sudamericana.   

Desentenderse del contexto histórico a la hora de su recuerdo lleva, por ejemplo, a creer apropiado en el discurso presidencial del 8 de julio hace referencia a las circunstancias que “obligaron” a producir los incrementos tarifarios (la Biblia y el calefón). Lleva a la ridícula teatralización de las Invasiones Inglesas y su hecho emblemático, la Reconquista, cuando ésta (gesta de criollos y españoles habitantes de una colonia), precisamente, permitió la recuperación de Buenos Aires para la soberanía del Rey de España, de quien –  si la memoria no nos juega una mala pasada – nos independizamos el 9 de julio de 1816. Y que es lo que pretendemos celebrar. Tal vez se entendió que la originalidad del hecho artístico ameritaba sobreponerlo al valor histórico, saltearse unos años y ningunear a la Revolución de Mayo. Después de todo, si para Gardel 20 años no es nada, cuatro años ni se notan. Y les damos el gusto a los escoceses de tocar la gaita y bailar en la Plaza de Mayo.

Si, para la visión oficial, no hubo pueblo en 1816, tampoco habría necesidad de convocarlo en 2016. Sí,  a observadores de espectáculos públicos, acompañantes, gente, sin que ello implique compromiso de participación.

Pero, claro está, nada impide al pueblo participar. Y no dudo de que muchos de los asistentes a los festejos del 8 y 9 de julio lo hacen en tal carácter. Lo significativo es que la convocatoria no haya apuntado en esa dirección. Y que la propia figura del Presidente se vea más cómoda en los actos recoletos que en los masivos. Y que las vallas circundantes a los escenarios de festejo ratifiquen, con la contundencia de la imagen, la vocación “de distancia” entre gobernantes y gobernados. Una cuestión de pertenencia. Que tal vez sea la explicación de que el Presidente argentino concurra, el 4 de julio, al festejo de la independencia estadounidense luciendo , sin exigencia protocolar alguna, una escarapela extranjera; o que, precisamente en el día de la independencia, a la salida del sol, se haya obviado la ceremonia del izamiento de la bandera nacional en el mástil de la Plaza de Mayo.

Pero la respuesta a todos estos interrogantes, en definitiva y como siempre, está en manos del pueblo, que es el verdadero portador de su historia, con independencia de los gobiernos. Y somos nosotros los que, así como nos interesamos ( ¡ y cómo ¡ ) por nuestros próximos cien años, también lo hacemos por el legado de nuestros antepasados, entendiendo que la sucesión de los acontecimientos del pasado no son puntos aislados y coyunturales, sino el trazado del rumbo que ratifica nuestra identidad y nuestros sueños comunes.

Seamos nosotros, por lo tanto, los que nos identifiquemos con nuestros colores portando la escarapela, los que embanderemos nuestra casas, los que tiñamos a los festejos formales de “contenido patrio”, de afirmación de nuestra historia, con todos sus vaivenes y contradicciones, pero con la convicción de que no hay pueblo que pueda iluminar su futuro prescindiendo de los fuegos sagrados que le aporta su pasado.

Hoy y siempre, ¡ viva la Patria ¡

 

  Carlos Molina – Tabaré (Argentino de las dos orillas)