El 12 de octubre se celebrará una vez más en Argentina el Día del Respeto a la Diversidad Cultural, instaurado en el año 2010 por la Presidenta Fernandez de Kirchner, rebautizando lo que, desde 1917, se denominara Día de la Raza. La instauración del  Día de la Raza nos remonta a la idea del Ministro español Faustino Rodriguez San Pedro quien, en 1913 propuso la celebración, como homenaje a la fecha de llegada de España a América (“el descubrimiento”) para ser compartida por toda “la hispanidad”. Es entendible la idea, proveniente de un español, como pretensión de resaltar la vigencia de la raíz hispánica de América y, de hecho, así  fue considerada por las naciones americanas a partir de aquella idea originada en España, al sumarse a la celebración instituyéndola en sus respectivos calendarios festivos con denominaciones variadas (de la Raza, de la Hispanidad, del Descubrimiento, etc.) pero todas aceptando, tácita o expresamente, la visión del tema desde la óptica de la “matriz” hispana.

La cuestión ha merecido diversas críticas, especialmente provenientes de las comunidades autóctonas americanas, quienes se han opuesto a la reivindicación de una gesta que, desde su perspectiva, aparecía como el comienzo de un proceso de genocidio, saqueo y desconocimiento de sus identidades culturales. Naturalmente, la representatividad real de esta visión ha sido proporcional a la mayor o menor presencia de las culturas originarias en las respectivas naciones y a su diversa participación en los procesos políticos generados en el continente, y especialmente en el subcontinente del Sur. En este sentido, y a modo de ejemplo, la diversidad cultural no es la misma en Bolivia que en Uruguay.

Lo cierto es que, como resultado de lo expuesto precedentemente, la tendencia en muchos países sudamericanos hispanoparlantes ha sido el cambio de la óptica de análisis de la celebración, rescatando el valor de la pluralidad de culturas que convivieron y conviven en la tierra americana, que se ve enriquecida, incluso, en algunos de ellos, con la fuerte presencia de población africana. Y, aún más, ya viniéndonos hacia fines del siglo XIX, y especialmente a principios de siglo XX, la sumatoria (por ejemplo en países como Argentina) producida por la nueva inmigración europea (italianos, españoles, alemanes, judíos, rusos, etc.) y hasta de Medio Oriente, con sirios y libaneses. Pero, en definitiva, y más allá del fuerte  impacto cultural generado por estas últimas migraciones (pensemos en los italianos y españoles en los grandes centros urbanos de Argentina, o de la Europa del Este en el litoral, o de los sirios y libaneses en el noroeste) la cuestión central “arranca” en la madrugada del 12 de octubre de 1492, con Rodrigo de Triana en el “carajo” de “La Pinta”, gritando: ¡ Tierra ¡  Y, a partir de allí, el mutuo “descubrimiento”  de españoles y americanos, que, al fin de cuentas, son tan “originarios” unos como los otros, con la salvedad de que el origen no sea el mismo. Y, partir de allí, la impresionante fusión de razas  española y americanas.

Y aquí volvemos al tema de “la Raza” o la “Pluralidad”. Génesis indudablemente española la del primer concepto que, muchos Estados americanos han redefinido ampliándolo hacia el segundo.

No está de más recordar las particulares circunstancias en las que España llega a América, puesto que no reconocen antecedente alguno en la historia de la humanidad. Veamos. Todo conquistador, desde que el mundo es mundo, ha “relojeado” previamente el territorio a conquistar: su población, su geografía, sus recursos, sus costumbres, su historia. Se podría decir que la aventura de la conquista comienza, precisamente, cuando el conquistador domina las respuestas para afrontar cada uno de estos interrogantes. De ese conocimiento dependerán “los cuándos y los cómos” de la conquista. Es obvio que no era ésa la situación de España en 1492. En principio, porque, como sabemos, el viaje de Colón había respondido a la necesidad de llegar a Las Indias por un camino nuevo. Siguiendo el tema, la redondez del planeta  era una cuestión que la podrían haber tenido “clara” Copérnico o Galileo (o Anaximandro en la Grecia de seis siglos antes de Cristo),  pero para el pensamiento europeo de la época  era algo así como escuchar a Favio Zerpa hablando de extraterrestres. Es decir que los marineros de Colón, sin GPS y sin Google, navegaban prácticamente a ciegas . Y navegaban a ciegas  buscando Las Indias. Imaginemos el estupor (y el miedo) al encontrarse con esa cosa rara, habitada por gente rara, que no tenía nada en común ni con los europeos de Europa  ni con los indios de Las Indias. ¡¡¡ Y que esa cosa rara terminó siendo nada menos que un continente !!! En esas condiciones, España inició su conquista. Pero hay más aún. España – como sabemos – había  sufrido casi ocho siglos de dominación musulmana, y la lucha por la Reconquista de su territorio concluyó con la caída de Boabdil II (el Chico) último rey  islámico en suelo español. El pibe (perdón, me traicionó el argentinismo) rindió el sultanato de Granada ante los Reyes Católicos,  el 25 de noviembre … ¡ de 1491 ! Esto significa, amigos lectores, que, en menos de  ¡¡¡ once meses !!!,  España pasó de ser un reino conquistado a ser un reino conquistador.  Conquistador de unas tierras que no conocía y que no sabía en qué punto del mapa – que no existía –  podrían encontrarse. Los más lúcidos sólo hubieran podido decir que “se las encontraron” cuando salieron a navegar, buscando Indias.

España, en América, tuvo que aprender todo de nuevo. A la distancia con la metrópolis,  las propias y enormes del “nuevo mundo” descubierto, su ignorancia absoluta sobre todo lo que en él se encontraba, incluyendo el “detalle” de sus habitantes, la pobreza de recursos de una economía desangrada por las luchas por la Reconquista, empeñada en unificar su territorio  bajo las coronas de Castilla y Aragón, ahora debía “cargar”  las responsabilidades de una dominación a miles de millas sobre un pedazo de tierra desconocido. ¿ Cómo aprender – sin poder depender de una madre lejana – a comer, vestirse, construir mínimas viviendas, armas, herramientas;  cómo acomodarse al clima, a la geografía, a la flora, a la fauna; cómo preservarse de enfermedades – desconocidas -, etc., etc., etc. ? ¿ De quién aprender, entonces ? ¿ Quiénes tenían las respuestas para todas esas preguntas ? Obviamente, los habitantes de esas tierras. Ellos serían los involuntarios “maestros”.

La prestigiosa historiadora argentina, Lucía Galvez, rigurosa exploradora del proceso de la conquista española, señala en “Las mil y una Historias de América”, que la primera exteriorización del formidable proceso de fusión producido en nuestras tierras se produjo, precisamente, con las respuestas a los interrogantes precedentes. Como resultado de ello, sostiene Galvez, los conquistadores debieron rendirse, con estupor, a la evidencia de que su primera descendencia en suelo americano no respondiera, en absoluto, al estereotipo que hubieran imaginado. Su apariencia, vestimenta, costumbres, ocios, guardaban, sí, el origen de la “madre patria”, pero pasados por el obligado tamiz del procesamiento a imitación de lo que observaban a su alrededor. La visión del “indio” y de su manejo del  hábitat , y su adopción por parte de estos nuevos habitantes los había “americanizado”; no era que se hubieran convertido en “indios”; era, sí, que ya nunca más volverían a ser españoles. Había nacido en el mundo una nueva raza: de ahí en más serían CRIOLLOS. Este proceso había comenzado en el mismo y preciso momento en que debieron rendirse a la necesidad de su adaptación al nuevo mundo, mucho antes de que el primer español abrazara el cuerpo de una aborigen. Galvez define ese proceso de fusión con una frase que estremece: “la Hembra fue América”.

Esta primera generación de españoles nacidos en América, que a falta de otros abrigos se cubrían con tejidos (como los indios), que comían alimentos desconocidos en Europa (como los indios), que, por carencia de elementos para elaborar su calzado, se envolvían los pies con cueros (como los indios), que, desprovistos de metales,  a modo de armas para la guerra o la caza, usaban cañas afiladas (como los indios), eran mirados por sus padres, con una mezcla de asombro y resignación …¡ casi como indios ! Pero ésta es nuestra acta de nacimiento; en definitiva, y nada menos, nuestra raza.

Esta verdadera fusión no se ha dado en otras conquistas europeas en continentes ajenos. Si observamos el modus operandi de las potencias coloniales en Asia y África, por ejemplo, veremos que la estructura política, económica y, fundamentalmente, cultural, del hecho imperial reposa, precisamente, en lo que Frantz Fanon (“Los Condenados de la Tierra”) denomina la contradicción “colonizador-colonizado”, con una nítida e infranqueable línea divisoria entre los dos sujetos colectivos: religión distinta, idioma distinto, costumbres distintas, y, en función de ello, la “grieta” insalvable que separa, desde la esencia misma, al colonizado del colonizador; y que es impuesta por éste, en tanto esa imposición es la médula del fenómeno colonial. Las luchas de liberación de los pueblos asiáticos y africanos de siglo XIX y XX, tuvieron como sujetos protagonistas a los propios pueblos colonizados, y el objetivo estratégico de tales luchas consistió en sacudirse el yugo colonial, expulsando al colonizador para retomar la autonomía política en la construcción y desarrollo de su propia identidad. Y desde ella.

El fenómeno de fusión del cual surge el criollo en la América colonizada es distinto. Pero aquí es necesario ser muy rigurosos, evitando las generalizaciones, puesto que no se produce de la misma manera en todo el subcontinente. Y es evidente que, en los respectivos procesos de independencia de las naciones surgidas a partir de ellos, la mayor o menor presencia de los pueblos originarios dejará, en cada caso, su impronta particular. Retomo un ejemplo ya señalado: no es lo mismo Bolivia que Uruguay, o Argentina. Incluso, no es lo mismo en el norte de Argentina que en su litoral.

Es por ello que el foco del análisis se centrará en el cono sur de América, y especialmente, en lo que nos toca, es decir en la República Argentina.

Nunca sabremos cuál hubiera sido nuestra historia americana si España no hubiera llegado a estas tierras. A modo de ciencia ficción (o pura fantasía) imagino un escenario, a partir de las culturas de mayor desarrollo en el territorio que luego conformaría el Virreinato del Río de la Plata. Veríamos, desde esta óptica, la presencia de la cultura incaica marcando con su sello la región noroeste, la tupí-guaraní, en el noreste y la araucana, al extremo sur. La lógica de la geopolítica nos indica que, para su desarrollo, las tres se hubieran proyectado hacia el centro del subcontinente. ¿ Dónde se hubieran encontrado, en la pampa, en la actual Córdoba, en la mesopotamia,  dónde ?  ¿ Y, cuál hubiera sido la consecuencia de aquel hipotético encuentro, habrían celebrado acuerdos de convivencia, habrían guerreado entre ellas, habrían encontrado  alguna hipótesis superadora de sus propias identidades, habrían imaginado, como los criollos lúcidos de siglos posteriores, una Patria Grande ? Absolutamente imposible aventurar una respuesta. España abortó cualquier proyecto originario. Y la respuesta inmediata de aquellos pueblos, en mayor o menor medida, con mayor o menor extensión en el tiempo, y en variados escenarios, fue la resistencia al invasor. Diría Mao, una contradicción principal que hacía desvanecer cualquier otra hipotética contradicción que, ante aquélla, devendría secundaria.

La última y más importante rebelión contra el poder español en América fue en territorio del actual Perú, en 1780, encabezada  por José Gabriel Condorcanqui, cacique de Tungasuca, tataranieto de Juana Pilco-Huaco, hija del último soberano Inca, Tupac Amaru I. El levantamiento que, en principio, no desconocía la autoridad del rey español  Carlos III, enfrentaba el régimen corrupto y sanguinario de los funcionarios coloniales quienes, con castigos corporales, abusivos impuestos y todo tipo de atropellos sojuzgaban cruelmente a las poblaciones aborígenes. De elevada formación intelectual, Condorcanqui se presentó como heredero del rey Inca y, adoptando el nombre de Tupac Amaru II, pretendió, en principio, negociar con el poder español el reconocimiento de los derechos de esos pueblos americanos. La obvia negativa lo llevó a proclamarse continuador y restaurador del Imperio Inca y a convocar a la expulsión del conquistador. Si bien encarnaba la representación de los derechos de su raza, lo siguieron también no pocos criollos y hasta algunos españoles. En cartas a las autoridades españolas, se declaraba católico y estigmatizaba a los funcionarios coloniales como “ … ateístas, calvinistas, luteranos, enemigos de Dios … “  No asombra que, desde Europa, la orden de la Compañía de Jesús, expulsada poco antes de América por Carlos III, se solidarizara con el levantamiento en contra de la corona española. El conocido resultado final, con la derrota, muerte y descuartizamiento del  Inca en 1781, marca el final del protagonismo de los pueblos autóctonos en la lucha de emancipación de las colonias hispanoamericanas, el que (   ¡¡¡ tan sólo cuatro décadas más tarde ¡!!) sería enarbolado por la Raza Criolla.

Fue el colectivo criollo el de la gesta de mayo de 1810, el de las luchas de la emancipación, el que imaginó la América Grande. Criollos fueron Moreno, Saavedra, Belgrano, Artigas, Dorrego, San Martín, Bolívar, Rosas, Varela; criollos los que triunfaron en Suipacha, Las Piedras, Tucumán, Salta, San Lorenzo, Maipú, Chacabuco,  hasta culminar gloriosamente “con paso de vencedores” en Ayacucho. Criollos los que expulsaron a los ingleses en 1806 y 1807; criollos los que tendieron las cadenas en la Vuelta de Obligado.

Los pueblos deben identificar con total claridad su esencia para poder resignificar su pasado, y trazar el camino a su objetivo histórico. Saber quiénes somos es, a esos fines, sustancial. Somos otra cosa que españoles (aunque tengamos la misma religión y la misma lengua), no somos hoy autóctonos, puesto que, precisamente, el fruto gestado por la “Hembra América” ha sido, desde hace más de 500 años, una nueva raza que ha conjugado aquellos sueños de restauración con los propios nacidos al conjuro de aquella cópula.

Naturalmente, esta raza es tributaria de todo lo que la ha gestado. Y, si hablamos en lengua española, y si nuestro poema máximo, Martín Fierro,  está escrito en el mismo idioma que el del  Cid Campeador, no es menos cierto que, a despecho de algunas corrientes historiográficas que ven nuestro Mayo de 1810 nada más que como una consecuencia de la Revolución Francesa y la prisión de Fernando VII, aquellas heroicas luchas de nuestros originarios antecesores, también han marcado con su sello el ideario emancipador. No por nada algunos textos epistolares de españoles en América, aludían a los ejércitos patriotas americanos como “tupamaros”.

Pero el reconocimiento ineludible de los pueblos originarios, hoy reconocidos en el texto de nuestra propia constitución, la ratificación de los derechos a vivir y desarrollarse  con total respeto a su cultura, costumbres, lenguas, etc. no debe llevarnos a simplificar la cuestión de “la raza” a un nuevo despropósito igualmente negador: poner el acento en la multiplicidad cultural, persistiendo en la indefinición del protagonista colectivo en que nos hemos convertido.

No está de más reconocer que la confluencia política entre pueblos originarios y criollos (que, por cierto, no fue pacífica) no fue resuelta en los términos en que los orientaron, por ejemplo, Artigas y Rosas, apuntando a una convivencia amistosa y respetuosa (recuérdese el Reglamento de Tierras de la Banda Oriental  y los tratados del Restaurador con los caciques pampas), sino en los requeridos por los intereses de la oligarquía ganadera de la segunda mitad del siglo XIX. Y es de señalar que, en este sentido, la campaña de extermino del gaucho por parte del ejército mitrista, será el antecedente inmediato del genocidio del aborigen por parte de Roca. Ambos regidos por la aplicación de la Teoría de la División Internacional del Trabajo, y la consiguiente redefinición del mapa ganadero (vacas en la pampa y ovejas en la Patagonia) funcional al mercado consumidor inglés y, en consecuencia, al de sus socios cipayos locales.

En suma, el respeto a la diversidad cultural, a lo sumo (y no es poco) garantiza la convivencia de las distintas sociedades que han conformado nuestra Argentina, y en lo que hace a los menoscabados pueblos originarios, el  debido (y retrasado) respeto a su desarrollo conforme sus propias particularidades y la integración real y efectiva al cuerpo social de “lo argentino”. Pero, con eso sólo, aglutinando respetuosamente diversidades culturales, seguimos sin identificar con claridad “el tronco” que las convierte en ramas de un mismo árbol.

Nuestro día identificador no debe ser “el de la Raza” del 12 de octubre, sencillamente porque no somos españoles. Tampoco el  11 de octubre como, con el infantilismo característico de algunas posiciones de “rebeldía de izquierda” lo han pretendido. En ninguna de las dos fechas aparece, nítido, expreso y reconocible, el Criollo, que es nuestro protagonista colectivo, “ el nosotros”, abrazador de todos los nutrientes que conforman nuestra identidad.

A modo de sugerencia, bien podríamos homenajear la diversidad cultural argentina el 12 de octubre pero revalorizar, como el día de  “nuestra  raza”,  el 10 de noviembre en que celebramos nuestra tradición, en homenaje al personaje criollo por excelencia, en el que nos reconocemos y que nos ha representado en el mundo entero: Martín Fierro.      

Carlos Molina

TABARE (argentino de las dos orillas)