Ya hemos señalado en anteriores notas las dificultades que generan al gobierno de Cambiemos, y especialmente, al Presidente Macri, las referencias a la historia. Y, en realidad, es fácil entenderlo en tanto, desde sus presupuestos ideológicos, las contradicciones en el seno de una sociedad son consideradas como patologías, y no como expresiones de distintas – y, a veces, opuestas – perspectivas de análisis. Como, en función de esta óptica, lo “ sano y normal” sería que todos pensáramos lo mismo, resulta, entonces, una verdadera “complicación” retrotraerse a la visión de nuestra Historia (o de cualquier otra) y tener que aceptar que, a lo largo de ella, fueran, precisamente, contradicciones las que marcaron el curso de – simplifiquemos – doscientos años de nuestra vida como sociedad. Que, desde la visión que criticamos, sería como rendirse a la conclusión de que hemos vivido en una permanente patología, que recién hoy se empieza a “curar”. Patológicas habrán sido las diferentes propuestas debatidas en el Cabildo Abierto de mayo de 1810, patológicas las diferencias entre la Ciudad Puerto y las provincias del interior, patológico el debate sobre nuestra Declaración de Independencia en 1816 (y angustiante, al decir del Presidente ante el Rey de España), patológicas la guerras entre federales y unitarios, patológico bloquear con cadenas un río ante tropas invasoras, patológico el poema de un gaucho de ficción que cuente las desventuras de los gauchos reales, patológico el debate acerca del sufragio universal, y las reacciones populares durante la década infame, y el 17 de octubre y ………… Por el contrario, entender las contradicciones como expresiones de pensamientos e intereses opuestos, nos lleva a la necesidad de desmenuzarlos, para entenderlos, para justificarlos lógicamente, y para ( ¡¡¡ horrorrrr !!! ) eventualmente, tomar partido. Entonces, para aquéllos a quienes incomodan estas “patologías”, nada mejor que minimizarlas o, sencillamente, aplicar sobre ellas un ninguneo descalificador. Y así, no existen la política ni la ideología.

Pero, tengamos en claro que esta conclusión no está exenta de ideología sino que, por el contrario, es la expresión de algo así como una supraideología que se presenta, paradógicamente, como una verdad absoluta e incontrastable. En los 90´, “Menem lo hizo”, anunciando, precisamente, el fin de las ideologías graficado con la contundencia de la caída del Muro de Berlín. Hoy, Macri repite el intento identificado con “la tarea de todos”. Todos lo estamos haciendo, todos estamos acercándonos entre nosotros alegremente, para que todos estemos cada día “un poquito mejor”. Y en esta “cruzada” no se salva nadie. Y, si en algún momento de nuestra Historia, Sarmiento eligió la educación pública para igualar a los hijos de criollos, tanos, gallegos y otros en el reconocimiento de una identidad que se expresara en símbolos y próceres nacionales, hoy la idea es que no se salven ni los próceres, que irán a caer bajo la topadora de la “despolitización” a ultranza, de la mano de la revolución de la alegría.

Así, en 2016, hemos presenciado las celebraciones de acontecimientos patrios en un deliberado marco de austeridad participativa (vacío de “pueblo”), reducidas a escenarios reservados, e impregnadas de un mensaje “hacia adelante”, esterilizadas de toda contaminante referencia al hecho pasado que se supone homenajear. Un recuerdo de la Historia, sin mencionar a la Historia. Porque hacerlo sería hacer aparecer “la patología”.

Los próceres ” patologizados”, en consecuencia, deben desaparecer de los cuadros y, ¿ por qué no? de los billetes de nuestra moneda circulante. Y quiero, al respecto, ser absolutamente claro. No rechazo la idea de incluir en los billetes figuras de nuestra naturaleza (paisajes, animales, etc.) pero me resulta inaceptable que esa decisión se convierta en una herramienta de una “filosofía despolitizadora”.

Y, especialmente, quiero referirme a la incorporación de la figura del Yaguareté en los nuevos billetes de 500 pesos. Y quiero hacer “desde el vamos” una aclaración. Soy, por razones que explicaré, un “ amante admirador” del yaguareté. Desde muy pequeño, he registrado gran cantidad de sueños con tigres, me he sentido atraído por literatura que los mencionara; observo su rostro y (vaya a saberse por qué perversión resistente a toda terapia) me nacen ganas de estamparle un beso en el hocico (en lo posible, a un ejemplar hembra). Y, desde hace algunos años, enterado de la situación de supervivencia de nuestros “Tigres Criollos”, los Yaguaretés, me he integrado a una ONG preservacionista (precisamente la Red Yaguareté)compartiendo, además de un modesto aporte económico, algunas de sus actividades destinadas a difundir y concientizar acerca de la vida de esta especie, en serio peligro de extinción. Una de ellas es esta nota. He hecho la debida aclaración previa; como decimos los abogados, me comprenden “las generales de la ley”.

Como se sabe, este animal, de extraordinaria belleza, ocupó desde antes de la llegada de los europeos una extensión mayoritaria del continente americano, quedando excluidos sus fríos extremos norte y sur. Su población fue quedando reducida, paulatinamente, a menos del 50% en todo ese vasto territorio. En lo que hace a nuestro país, esa disminución llega en la actualidad al 5% de la población originaria, que se extendiera desde nuestras fronteras norte llegando hasta el norte de la Patagonia ( se han encontrado restos fósiles en la Isla Huemul, en el lago Nahuel Huapi, Provincia de Río Negro). Prueba irrefutable es que un municipio de nuestra Provincia de Buenos Aires, de exuberante vegetación, lleve su nombre. Dada su convivencia con diferentes culturas originarias de nuestro subcontinente, ha recibido distintas denominaciones. En guaraní, su nombre “Yaguareté”, significa “la verdadera fiera”; fue llamado “Nahuel”, en lengua araucana, “Uturunco”, en quechua. En algunas regiones, existe el mito de que su mención lo convoca, por lo que conviene evitarla, desfigurándola. Así, en Salta se habla elípticamente de “El Manchado”; “El Bicho”, en lengua Kolla.

Es el tercer felino en tamaño, luego del león y el tigre asiático; el más grande en el continente americano. Su largo, cola incluida, llega usualmente a los 2,50 metros, su altura desde el lomo al suelo, a 80 centímetros, y su peso, en ejemplares machos, puede superar los 150 kilos. Su hábitat, la selva; cazador nocturno y solitario (“camas separadas”, sólo se encuentran machos y hembras para procrear); su dieta es muy variada, entre otras razones porque, además de un gran caminador, es un excelente nadador, por lo que se alimenta de especies de tierra y agua; y también de aves. Sus “platos” preferidos son los tapires, carpinchos, chanchos de monte, coatíes, monos, corzuelas, venados; y pasando al agua, todo tipo de reptiles y peces. En menor medida, se permite algunos “postres” como las frutas. Como vemos, en cuanto a su capacidad gastronómica, es amplio, como nosotros, los humanos. Eso sí, con agua en lugar de vino.

La música folclórica argentina del noreste lo ha nombrado en numerosas letras.

La literatura lo ha tenido por frecuente protagonista. Borges lo ha incluido varias veces en sus obras (“La escritura de Dios”); Cortázar, en su novela “El examen”. Tal vez sea Horacio Quiroga el más recurrente en su mención, especialmente en su “Cuentos de la selva”. Un relato de Quiroga, precisamente, ha sido inspirador de una leyenda llevada al cine. En la película, un tal Sr. Davis dirige un proyecto que requiere el desmonte de la selva misionera. El Yaguareté y el Coatí, alarmados, son los encargados de organizar una resistencia entre los animales afectados que da por tierra con el proyecto. Agudo y avizor, el Yaguareté sentenciaba que la llegada de los hombres traería aparejada la tala de los árboles; sin ellos, desaparecería la sombra; y, sin ella, el agua; y sin el agua no existiría la vida. Premonitor.

Otra leyenda del Noreste afirma que los yaguaretés son viejos indios que en la noche se transforman revolcándose de izquierda a derecha en un cuero de ese animal, rezando un Credo, al revés. La maniobra, repetida en sentido inverso, los devuelve a su forma original.

Una leyenda infantil nos dice que Dios, creó al Yaguareté de color dorado, y le dio la función de proclamar, con su rugido, la verdad, la justicia, la esperanza y la lealtad entre los hombres. ¡¡¡ Cómo no querer a este bicho !!! Pero parece que los hombres resistieron la invitación y sólo veían en él un trofeo para la caza (Garfunkel, Vanucci y algún rey europeo no inventaron nada). Como peligraba la vida de sus protegidos, Dios los convocó a todos, y los “manchó”, a cada uno con diseños distintos, pero con el objetivo común de que se disimulara su presencia entre los colores de la selva. Y los dotó de los dones de la paciencia y la tolerancia, a la espera de que aquéllos corrigieran su conducta. Será por eso que sólo en situaciones extremas ataca al hombre. En cuanto a la conducta humana … habrá que seguir esperando.

Los guerreros aztecas se identificaban con él en la exaltación de la fiereza y valentía.

Un cronista europeo de nuestras tierras en épocas coloniales, Ulrico Schmidt, se hizo retratar con un yaguareté a sus pies. Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias), el primer gobernador de origen criollo en América, cambió su escudo de armas representativo de su linaje en España por uno americano (como Hernán Cortés, hizo borrón y cuenta nueva). El nuevo escudo tenía dos yaguaretés parados en sus patas traseras flanqueando una corona. Hoy es el escudo de Villa Hernandarias, Provincia de Entre Ríos. Mal nombrado como “puma” (por la difícil comprensión del nombre yaguareté en el exterior) su figura identifica a nuestro seleccionado nacional de rugby.

Teniendo semejante arraigo en nuestra cultura, cabría preguntarse: ¿ por qué desapareció, llegando hoy al número de ¡¡¡ apenas 250 !!!! en nuestro territorio, retirados en la selva misionera o paranaense, el gran chaco y las yungas salteña y jujeña ?

Las viejas leyendas no se han equivocado. Los yaguaretés se enfrentaron, sin quererlo, con la más vil de las especies: el humano. El que decidió que, con la cobarde portación de un arma de fuego, quedaba autorizado a practicar el despiadado “deporte” de la caza, para exhibir el “trofeo” de una cabeza o un cuero en alguna pared. No debiera extrañarnos; lo hizo también con orejas o testículos de “indios” y con cabezas de gauchos. Pero, más recientemente, nuestro tigre criollo debió sufrir el avance depredador de la “patria sojera”, cuya consecuencia más obvia ha sido el desmonte y consiguiente destrucción de un hábitat, que lo involucraba junto con las poblaciones aborígenes y, en suma, con toda pretensión de vida armónica del hombre con su entorno.

El Yaguareté, privado de su ecosistema, se ha visto obligado a salir a buscar su sustento fuera del territorio, que fuera el suyo y hoy no lo es. Para ello, debió enfrentarse con la cruda realidad de que su única alternativa era avanzar sobre las tierras de los pequeños productores, criadores de vacas y ovejas que, con la misma naturalidad, defendieron su ganado a los tiros. Es obvio que el Yaguareté, obligado a cazar “al descubierto”, llevaría la peor parte. Precisamente, la tarea de los grupos preservacionistas apunta, en gran parte, a encontrar un código de convivencia que permita compatibilizar derechos e intereses, todos ellos legítimos.

Mucho se ha avanzado, tanto en la legislación como por el accionar de organizaciones interesadas en la preservación del medio ambiente. Campañas de difusión, instalación de cámaras-trampa, que fotografían a los ejemplares para poder realizar su seguimiento e informarse sobre su comportamiento, a los fines de extremar las medidas de protección, expropiaciones de tierras con el objetivo de restaurar el hábitat. Muy importante es el diálogo establecido con productores ganaderos para establecer pautas de comportamiento, tendido de alambres débilmente electrificados, que operen como disuasivo para el avance del tigre. Y, por supuesto, una firme actitud preventiva y punitoria contra los cazadores furtivos, generalmente amparados en la corrupción de autoridades y hacendados que estimulan y se benefician con el “deporte” de la matanza.

Como podrá observarse, contradicciones existen en todos los ámbitos. Y el análisis y discusión de los intereses en juego serán quienes podrán indicarnos, en definitiva, cuáles son las insalvables y cuáles las “conversables”.

Ignoro si la decisión de incorporar la imagen del Yaguareté a nuevos billetes monetarios tiene como origen consideraciones como las expuestas precedentemente. El discurso oficial (fiel a su ideología) se ha centrado en justificar la idea como la superación de lo que sería, a su juicio, la insana práctica de “politizar” la moneda. Obviamente, no nos convence el argumento. Si la identificación de billetes puede ser considerada como una herramienta apta para resaltar valores de nuestra cultura (que lo es), no se advierte el motivo por el cual fuera incompatible la convivencia de próceres nacionales con imágenes de nuestra naturaleza. ¿ Cuál sería la contradicción ? ¿ Por qué la referencia a nuestros Héroes de Malvinas debiera enfrentarse a la imagen de la Ballena Austral ?, ¿ Por qué la figura de nuestro Cóndor andino debiera desplazar a la del Libertador San Martín ? ¿ Por qué, por ejemplo, una imagen que reivindique los legítimos reclamos de nuestros Pueblos Originarios para integrarse con su propia identidad e igualdad de derechos a nuestro tronco Criollo, podría contraponerse a ese ícono cultural que es, precisamente, nuestro Tigre Criollo, en tanto, ambos comparten su derecho a la preservación de su hábitat natural amenazado ?

En todo caso, habría que poner el énfasis en explicar si la mirada a Los Andes se aparta del sueño americanista de San Martín y se aproxima a las pretensiones comerciales de alguna potencia del continente. Si la defensa de la subsistencia de la Ballena Austral irá asociada a la de nuestros derechos sobre la plataforma marítima, amenazados por la depredación de flotas pesqueras extranjeras; y, especialmente, a la reivindicación inclaudicable de nuestra soberanía sobre las Islas Malvinas. Si la identificación de un billete con la figura del Yaguareté, implica una toma de partido en contra de la desforestación salvaje y predadora de la patria sojera.

Entonces, no se trata sólo de imágenes, sino de su significación. Es evidente que mantener la figura de Manuel Belgrano en nuestros billetes de 10 pesos no ha operado como impedimento para reducir a la mitad los fondos prometidos del presupuesto nacional del 2017 para afectarlos al tan promocionado Plan que lleva por nombre el del creador de nuestra bandera. Será que “los del Norte” no son de fiar y, en la primera de cambio, te “madrugan” – al decir de Prat Gay -con un santiagueño que quiere ser Presidente.

En resumen, ¡ bien, y merecido, por el “Manchado” ! Pero – y disculpen el lenguaje “llano”; no me sale bien en francés – déjense de joder con contradicciones estúpidas. Y si, en serio, al ingeniero Presidente y a los Ceos de su gabinete les interesa el Yaguareté, refuercen las políticas preservacionistas para evitar la desaparición de los 250 que hoy sobreviven. Y que lo hacen, en buena medida, por el accionar de organizaciones del Pueblo que, posiblemente, abriguen en el fondo de sus corazones la esperanza de que su rugido, como en la leyenda, proclame la verdad, la justicia, la esperanza y la lealtad entre los hombres. ¡ Que bastante falta nos hace!

Y un “chivito” final a los seguidores de esta página; acérquense a Red Yaguareté, infórmense, súmense, y, de paso, si pueden pongan algún billete. Si no es con la figura de nuestro Tigre, aunque sea con la de algún prócer “politizado”. Va a venir muy bien.

Los saludo con un rugido afectuoso.

Carlos Molina