A riesgo de ser reiterativo, pero con el convencimiento de que la trascendencia del tema lo amerita, me gustaría precisar algunas expresiones, tratando de acomodarlas en una secuencia que vaya de lo general a lo particular. En principio, pidiendo (y pidiéndome) el intento, al menos,  de sobrevolar las pertenencias políticas o ideológicas; tratando de ubicarnos en el análisis del “ciudadano de a pie”, y sin tomar esta caracterización como sinónimo descalificador de “el que entiende menos”, sino del que puede opinar con mayor libertad de criterio, despojado de condicionamientos que le limiten su visión. Creo que, logrado este nivel de enfoque, el sentimiento generalizado debe ser el de la indignación, el sentirse profanado (y afanado), puesto que no será  muy difícil imaginar que el dinero obscenamente exhibido por alguien de las características de Lopez algo tendrá que ver con dificultades o calidad de vida cotidiana de ese ciudadano de a pie. En otras palabras, sentir que en lo que aquél acumuló hay parte de lo que a éste le falta. Y peor  si el personaje ha sido un funcionario público (o sea, un mandatario del ciudadano de a pie); y peor aún si lo ha hecho integrando un gobierno que ha exhibido como bandera la justicia social y el compromiso con los más necesitados. Creo que en esto podríamos coincidir todos. Y ante esto, la pretensión de todos será que la justicia haga su trabajo y, determinada la culpabilidad, aplique la pena correspondiente. Sin lugar para atenuantes ni excusas de ninguna índole.

Pero ninguno de nosotros ignora que este hecho, muy lejos de acotarse al espacio de las crónicas policiales, encierra connotaciones que bien podrían significar un antes y un después en la política del país. Y es aquí en donde los caminos tienden a bifurcarse. Para unos, el debido reconocimiento de la ilicitud del hecho y la obvia y consecuente obligación de manifestarlo así frente al conjunto de la sociedad, no implica, en modo alguno, la obligación de un genérico mea culpa por 70 años de existencia trabajando por una Argentina que incline la balanza ,no para el lado de ningún Lopez  sino, precisamente, para el de los ciudadanos de a pie.

Para otros, la existencia de éste como de otros casos similares, debiera implicar, automáticamente, la completa descalificación de un proyecto político y la consecuente exigencia para sus integrantes o adherentes de agachar la cabeza, entregar las banderas y retirarse definitivamente del escenario. Sería algo así como la confirmación tantas veces proclamada de que los buenos está de un lado y los malos del otro y que, por lo tanto, de ahora en más, desaparecidos los malos, el destino de nuestra Argentina quedarán en manos de quienes han certificado su habilitación “natural” para construirlo, a su manera.

En alguna nota anterior, y situado claramente en el primero de los espacios, he señalado lo que considero como ineludible tarea de quienes formamos parte del movimiento nacional. Sabemos que los procesos políticos nunca se producen con la pureza, prolijidad y perfeccionismo con que se pueden diseñar en la confortable incontaminación del laboratorio. Y que, cuanto más atrevidas son sus pretensiones de modificar un estado de cosas preexistentes, también más complejos, contradictorios y tumultuosos; quizás respondiendo a aquella semblanza del radicalismo de principios de siglo XX: todo taller de forja es un mundo que se derrumba. Han conocido en su seno hechos aberrantes y personajes en sí mismos indefendibles; pero cambiaron su tiempo, en la búsqueda de forjar uno nuevo. Nuestro propio proceso de emancipación ha gestado próceres, héroes, a la par de oportunistas y traidores; y los propios próceres – hombres al fin – no siempre tuvieron el heroísmo a flor de piel tan sólo para facilitar la búsqueda del “bronce perfecto” en el juicio de los historiadores de dos siglos más tarde. De la misma manera con que los metales preciosos aparecen entre las rocas mezclados con sustancias descartables, lejos de la pureza con la que se exhibirán luego en las vidrieras de las joyerías. Y no por ello dejan de ser preciosos.  Los procesos políticos están hechos por hombres y mujeres reales, por el conjunto de ellos, con sus virtudes y sus miserias, y el desafío de quienes, con la humildad de nuestra singularidad, ocupamos allí un lugar, es el de estar dispuestos a asumir  la responsabilidad de sacar lo mejor de nosotros en la tarea, pero también la de señalar a quienes no son dignos de ella. Como ya expresé, aceptar que compartimos espacio con buenos, malos y regulares, pero exigirnos y exigir ser cada día mejores. El General Perón, en su exilio, sostuvo: si fuimos buenos, hemos de volver, y si fuimos malos, será mejor que no volvamos nunca. A lo que, humildemente, me atrevo a agregar: y si volvemos, volvamos con los mejores. Esta es nuestra tarea.

En cuanto a los “jueces”, apologistas de la rendición incondicional, a los caballeros templarios de las purezas absolutas,  les recuerdo algo expresado unos días atrás. Al Movimiento Peronista no se accede por examen de ingreso, ni hay portero que habilite la entrada. Desde los integrantes que comulgan con su doctrina nace la convocatoria hacia quienes, sin participar de aquélla, interpreten que el lugar que se les ofrece y propone es el que mejor respetará sus ideas y sus intereses, sin que ello implique la necesidad de renegar de sus convicciones. Por algo el General sostenía que la conducción política no implica el alineamiento de pensamientos sino de voluntades. Son estas convicciones ideológicas y las voluntades que a ellas se suman las que conforman ese movimiento que, consecuentemente, es absolutamente dinámico, heterogéneo y, por ende, internamente contradictorio; se compone y recompone permanentemente y va direccionando su brújula en función del rumbo que mejor expresa el “tiempo” de sus integrantes, que no es otro que el “tiempo” de la sociedad que pretende representar.  Sólo quien no comprende esta dinámica podría pedir la mentada rendición incondicional, aún a quienes han reconocido leal y públicamente el hedor del miserable y escandaloso hecho. Dado que no está en su meridiano de análisis la naturaleza colectiva de un proceso político, suponen que el desenlace debiera ser el de una suerte de partida de ajedrez en la que uno de los contendores voltea su propio rey en reconocimiento de derrota; o un debate en que, sobrepasado en sus argumentos, uno de los participantes reconoce al otro: sí, me has vencido. Pujas individuales al estilo de las escaramuzas de algún programa televisivo, con pretensiones de debate inteligente.

Porque la pregunta que sobrevendría a aquella pretensión sería: ¿ quién tendría que “oficializar” la rendición, el reconocimiento de que todo un proceso histórico iniciado hace 7 décadas sería sólo una falacia para engañar  incautos ? Para hablar en términos jurídicos: ¿ quién sería el titular legitimado para proclamar la capitulación que –parece- debiera devenir mandato obligatorio para millones de argentinos ? ¿ Quién debiera ser, el Presidente del Partido Justicialista, un cónclave de gobernadores, un bloque legislativo,  Cristina Fernandez ? Y si alguno de ellos, o todos juntos, lo hiciera, ¿ Puede haber alguien tan ingenuo como para suponer que el conjunto del pueblo argentino, a partir de allí, renegaría de su historia,  renunciaría a su lucha por más y mejores derechos, que los trabajadores desistirían de reclamar paritarias para pelear salarios justos, que los desocupados renunciarían a pedir trabajo, que los pequeños industriales cantarían loas a la apertura de nuestras fronteras arancelarias, que los jubilados pasarían a desentenderse de los riesgos de  destrucción de nuestro sistema previsional, que los logros obtenidos por las minorías en temas de derechos humanos como fertilización asistida, identidad de género, matrimonio igualitario, etc. quedarían resignadamente en el olvido, que nuestros comerciantes aplaudirían gustosos al observar la pérdida de poder adquisitivo de sus clientes, que los argentinos olvidaríamos el mandato histórico de construir la Patria Grande Sudamericana, etc, etc.?  ¿ Acaso fantasean con que todo ello quedaría “vacante” ?¿ Se ilusionan con que esta historia de 70 años puede enterrarse sin generar descendencia, por la decisión individual de alguien que se arrogue el derecho a hacerlo ?

Que nadie se confunda ni, menos, se ilusione. Sobre esto no hay ni habrá renuncia, no existe quien pueda convocar a ella, ni quien se pudiera sentir compelido a aceptarla, puesto que la justicia social no es patrimonio de una persona sino la razón de ser de un pueblo, que, en definitiva, es el único heredero del patrimonio común de los logros y de las luchas, el que recibe y disfruta de aquéllos y carga con la responsabilidad de éstas.

Quiero concluir desalentando  (nos) en la tentación de caer en el “uno x uno”, del “palo x palo”, aún cuando el “clearing” pudiera resultarnos favorable.  Por supuesto que tendríamos miles de ejemplos pasados y presentes de actos de corrupción cometidos por quienes hoy, ante estas imágenes obscenas, se rasgan las vestiduras, como si el dinero mal habido mereciera diferente juicio según vuele en un bolso por sobre una pared o vuele de una jurisdicción a otra, aterrizando en una cuenta fantasma de algún paraíso fiscal. Pero eso, el “empate”, no nos sirve, porque el resultado, en definitiva, sería el desaliento, el descrédito generalizado de la política. Y ese vacío es el que permite la aparición de los que vienen  allende la política a intentar ocupar su lugar; ayer militares, hoy gerentes,  técnicos,  mostrados como impolutos, precisamente por alardear su ausencia de vínculos con la política. Y no podemos ser nosotros los que estimulemos ese resultado. No, el empate no nos sirve.

Tampoco nos sirve quedarnos en la remisión a sentencias judiciales. No, nosotros no. Porque así como presumimos, por nuestra condición de militantes, de elevar el vuelo del análisis, no podemos ignorar que el comodín: “que se llegue hasta las últimas consecuencias”, no es, hoy, para nosotros. No, el purgatorio habrá que sufrirlo e intentar pasarlo pero, para ello, no basta con proclamar: yo también tengo bronca. No desconozco que algunos, de mala fe, pretenderán que nos hagamos cargo hasta del fusilamiento de Dorrego, pero los corruptos delincuentes , si así fueran declarados, habrán sido “compañeros de ruta” y frente a ello, nuestra “purificación” política será más engorrosa. Y – reitero – no para someternos al juicio de los Majul o Lanata, sino al único veredicto que nos interesa, el de nuestro pueblo.

No, el empate no nos sirve. Por eso, quienes desde hace muchos años (prácticamente, los que tenemos de vida)apostamos y nos comprometimos con un proyecto de justicia social, soberanía política e independencia económica, así como tenemos la obligación de ser los más enérgicos censores de quienes bastardean esas sagradas banderas, tenemos la responsabilidad de tomar todas las postas que requiera la continuidad del proyecto del pueblo, afrontar el desafío de sincerarnos frente a él por nuestros errores, aceptar y someternos a su juicio, señalar severamente a los que lucran con nuestros ideales y redoblar nuestros esfuerzos para recuperar su confianza con el compromiso de nuestra voluntad de merecerla.

Y quien quiera estar a la cabeza de esta tarea deberá convencer que es el mejor de los mejores.

 

Carlos Molina – Manuelita Rosas (La Restauradora)