Es indudable que el resultado electoral de octubre ha permitido al oficialismo precisar y endurecer su proyecto político. No significa esto que tal proyecto estuviera encubierto o negado (hace tiempo ya que no son necesarias las mentiras del debate presidencial de 2015) pero sí que el triunfo en las urnas ha permitido a Cambiemos considerarlo “aceptado” por un suficiente y nada despreciable 40% de la población. Con ello, y el aditamento de una oposición desarticulada (no sólo en cuanto a sus debilidades para mostrarse como alternativa, sino por sus propias limitaciones para el ejercicio de aquel rol), la alianza gobernante ha considerado, acertadamente, que está en condiciones de poner el pie en el acelerador. Pero, naturalmente, la evaluación de la marcha del proceso por parte del equipo gobernante no responde exclusivamente a resultados cuantitativos que le envía la sociedad (el voto), sino – y coincidentemente – a la aceptación por parte de ésta  de los nuevos paradigmas que la motivan desde hace no menos de un lustro. Obviamente esa respuesta no surge de la nada, sino que ha sido prolija y metódicamente insertada y difundida por los propios beneficiarios, por medio de un complejo “pack” de herramientas ( medios de comunicación, redes sociales –espontáneas y “prefabricadas”/trolls, fluido manejo de la “postverdad”, etc.), pero lo indiscutible es que el positivo resultado logrado proviene de una excelente síntesis entre el mensaje que se emite y el que la sociedad quiere recibir.

Algunos valores resaltados por la década anterior (legados recibidos, por otra parte, desde mitad del siglo pasado) han ido perdiendo inserción en el cuerpo social y, especialmente, han dejado de convertirse en basamento ideológico representativo de sectores específicos.

Veamos ejemplos.

1) La identificación y estigmatización de un “enemigo” fue, durante el kirchnerismo, el mecanismo central para el aglutinamiento de voluntades y construcción del poder político ( fórmula, por otra parte, de “tradición” peronista: “Braden o Perón”, “Liberación o Dependencia” en el 45 y los 70´respectivamente). Así, desde 2003, “los militares genocidas”, “la corpo mediática”, “el campo”, etc. constituyeron eficaces contrapartes denostadas que favorecieron la consolidación de un  gobierno que fue respaldado con el voto de las mayorías. Y, entiéndase bien, no está aquí en juego el acierto o error en cuanto a la calificación de “enemigo”; la idea es adentrarnos en el mecanismo de construcción del poder político por una vía categóricamente confrontativa. Ernesto Laclau, en su versión más pura.

Pues bien, creo que la intensidad, profundización y persistencia de tales “peleas” han ido más allá de la voluntad “beligerante” de algunos sectores de la sociedad, suficientes en calidad y cantidad como para resentir la expresión imprescindiblemente mayoritaria que conforma el “campo nacional y popular”. Es decir, que el “¡ a la carga ¡” quedó faltó de tropa. E, insisto, no se trata de saber si la sociedad ha cambiado de raíz ; se trata de que ha perdido el interés en pelear. Ha sido seducida por las convocatorias que la llaman a integrar amables “plurales” ambiguos, indefinidos, que le permiten pensar que le van dirigidos. “somos la generación del cambio”, “nos han condenado a vivir en el pasado”, “lo estamos haciendo entre todos”, etc. apuntan a hacer desvanecer pertenencias de clase, ideología, cultura. “Somos” implica “Todos”; y todos protagonistas iguales, con un destino tan faraónico como vago: Cambiar. Todos, serían el financista, el desocupado, el intelectual, el obrero, el ama de casa, el estudiante,  el empresario; de 20 años, 50;  es una “generación” que, paradogicamente,  no tiene edad, ni pertenencia social alguna: unificados en una vocación común: “cambiar”. Y esta conclusión acerca de la “no beligerancia” no se contrapone con las “luchas” a las que convoca el oficialismo: las mafias, el terrorismo, la corrupción, en tanto estos “enemigos” no podrían jamás concitar adhesión alguna en ningún sector de la sociedad. ¿ Quién podría salir a la palestra elogiando a tales lacras ? Por esta vía, la supuesta confrontación con “los grandes males” es prácticamente inocua, casi de literatura infantil; algo así como convocar “a los buenos” a pelear contra “los malos”. Es fácil, y obvia, la opción. En términos políticos, no es opción. Y, menos, lucha.

2) Algunas respuestas de la sociedad, ante sondeos de encuestadoras, causarían asombro a la luz de anteriores paradigmas, pero encuentran explicación al reinado de los nuevos. Entre el 70 y 80% de encuestados han respondido a la pregunta: ¿Para qué sector gobierna Macri?, con un categórico: “para los ricos”. Esto hubiera sido absolutamente descalificador hace 50, 20 … 10 años atrás. Hoy, a la luz de los resultados electorales, no lo es. Aceptando como obvio que el 70 u 80 % de la población consultada no integra el grupo de “los ricos” ( – no hay 80% de ricos en la Argentina – por lo que tales respuestas no tienen contenido “de clase”) debemos concluir en que un alto porcentaje de aquélla acepta, no ya como obstáculo sino como probabilidad que, visto que a “los ricos” les ha ido bien en la vida (y por eso, precisamente, son ricos) sea posible que, gobernando, logren que nos vaya bien a todos. Con esa convicción, no estará mal aceptar “el convite”, subirse al tren de “la generación” y adoptar como propios sus  paradigmas. Hoy sería tan evidente como inconducente recordar que “los ricos” fueron gobierno en la década infame de los años 30¨, en los 90´ (otros ricos) y que a las mayorías populares no les fue precisamente bien. Confieso que tiemblo al citar a Evita en cuanto a que los pobres no pueden esperar de los ricos otra cosa que pobreza (hágase de cuenta que no dije nada).

Para los peronistas, esto significa directamente renunciar a una de las tres banderas históricas (Justicia Social, Independencia Económica, Soberanía Política). Un frecuente debate “de entrecasa”, casi un divertimento de la antigua militancia, nos llevaba a veces a imaginar definiciones acerca de la prioridad de alguna de aquéllas por sobre las otras. Pura teoría (y tal vez inútil). Pero siempre pensé que era imprescindible la Soberanía del Pueblo para imaginar, siquiera, un proyecto de construcción de Independencia Económica y Justicia Social. Éstas últimas son objetivos fundacionales para un proyecto nacional y popular. Pero la Soberanía Política constituye el presupuesto indispensable, por cuanto define incuestionablemente al protagonista del proyecto, el que lleva todas las banderas.

Hoy, las mayorías nacionales y populares han cedido la bandera, han renunciado a protagonizar aquel proyecto, han considerado más “sensato” (y, de paso, más fácil) que la tarea de gobernar quede en manos de los “naturalmente” más aptos. Como con la Generación del 80´ o la oligarquía de los 30´. Sólo que, esta vez, nos han “invitado”, y el voto oficia de aceptación. Y no es poco a la hora de complicar el análisis.

3) Ceder la conducción va de la mano de la prescindencia de protagonismo personal. La presencia en las reuniones grupales, el debate, el aporte desde el pensamiento y desde la acción han cedido espacio a favor de la “participación” en redes sociales; y, en no pocas oportunidades, para adherir a un pensamiento ajeno (obviamente, pésimo escenario para el debate serio de ideas). Por esta vía, el compromiso se transforma en un cómodo “me gusta” sin intención de profundidad y fácil digestión. Así, se construyen mayorías y minorías abstractas que contribuyen a desfigurar la expresión del Pueblo, que pasa a diluirse en la vaga denominación de “gente”.

4) El concepto de Pueblo implica (como tantas veces lo definiera el General) una confluencia de voluntades, no uniformidad de pensamientos; al contrario, la búsqueda, desde la diversidad de los pensamientos, hacia el encuentro en los objetivos.  La esencia del peronismo ha implicado siempre aglutinamiento. No parte de la confrontación; ésta se pone al desnudo cuando los sectores privilegiados ven – con razón – amenazados sus intereses, y luchan por mantenerlos. De ahí la frase (medio en serio y medio en broma) “peronistas somos todos”. El aglutinamiento en torno a la convocatoria ha devenido Inclusión, y ha exaltado, como amalgama indispensable, la Solidaridad. La convicción acerca de la fortaleza del conjunto ( como dijéramos, heterogéneo en su composición, pero homogéneo en su objetivo) generó una “indestructible” (?) malla de contención que alentó como conducta que el mejor posicionado se sintiera naturalmente obligado a tender la mano hacia el más rezagado en el tránsito del camino común. Pues bien, pareciera no haber sido tan “indestructible”. Seducidos por la máscara engañosa del “mérito” buena parte de los argentinos ha ido aceptando como “justo” otro paradigma: el de “aflojar” la mano, pasando por etapas que van desde el descreimiento en el valor de la solidaridad hasta el culto exaltado del “sálvese quien pueda”.¿ Quién no habrá escuchado alguna de estas frases ?: “Yo trabajé toda mi vida para que, ahora y con mi plata, le den “planes a los vagos “; “Yo aporté siempre para tener una jubilación y ahora se la dan a quienes no pusieron un mango”; “ Yo me rompí …. para comprarle una notebook a mi hijo y ahora el gobierno las regala”; “ Los hospitales públicos están atestados de peruanos y bolivianos; ¿ por qué no los mandan a sus países en lugar de sacarnos los lugares a nosotros ? Desde esta perspectiva, la salida no puede ser otra que: yo hago la mía. Y, si desde las usinas generadoras del discurso en vigencia, el mensaje “correcto” es que “hacer la mía”  califica como “emprendedor”, es entendible que la propuesta sea seductora; siempre será más prestigioso ser considerado un emprendedor que un cagador.

Resumamos. Los intereses son los mismos, desde las invasiones inglesas hasta hoy. Las coincidencias, diferencias, antagonismos … los intereses son los mismos. La comunicación ha pasado a ocupar un lugar tan trascendente que permite que el mensaje se sitúe en el lugar de la verdad indiscutida. Y la comunicación ha inventado un nuevo lenguaje. Que hay que aprender, no ignorar, para poder plantear nuestra propuesta. Reconociendo nuestras limitaciones y superándolas, avanzando sin repetir discursos arcaicos que no llegan, que la realidad nos ha demostrado que no  llegan (la pregunta de campaña: ¿ cuándo estuvieron mejor ? no funcionó; y no por falsa) ¿ Se nos ocurriría tratar de hacernos entender ante un grupo de adolescentes hablando un castellano cervantino ? Debemos adentrarnos en esos nuevos paradigmas para interpretarlos y estar en condiciones de llegar a los destinatarios por medio de su cotejo con la realidad para plantear su inconsistencia. Sin pretensiones de superioridad, sin agravios ni descalificación, apelando a la herramienta que nos enseñara el General y que él tan extraordinariamente manejara: la persuasión. Con actitud militante, no con discurso sobreactuado de militancia.

La Biblia dice que, frente a la soberbia de los hombres de Babel que quisieron construir una torre que llegara hasta el cielo, Dios los castigó haciéndolos hablar distintas lenguas que impedían su comunicación. Sin soberbia, debiéramos adentrarnos en la identificación de estos nuevos paradigmas;  no para modificar nuestros principios pero, sí, para encontrar un nuevo lenguaje y discurso para exponerlos. Saber escuchar primero para poder acercarnos, no dar nada por sobreentendido; comunicación implica ida y vuelta. Aceptar – como reiteradamente lo ha expuesto nuestro vecino oriental, Pepe Mujica – que la sociedad recibe permanentemente dos mensajes: el manifiestamente ideológico desde el campo popular y el solapadamente ideológico del consumismo; y este último perfectamente procesado y mediatizado. No podemos abroquelarnos en el primero desconociendo el segundo.

Los jesuitas, en las misiones, aprendieron el guaraní para llevar a esos pueblos la palabra de Dios.

Nos toca a nosotros escapar al castigo de Babel.

CARLOS MOLINA